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AÑO PAULINO
En la historia de la humanidad ha habido personajes que influyeron, de tal manera en la vida de otros que es imposible pasarlos por alto, incluso como referencia para nuestras propias vidas. Hoy nos fijamos en Saulo de Tarso con motivo de la celebración del año paulino. Personaje sin el cual la historia del cristianismo, sin duda, hubiera sido diferente, y lo hacemos evocando algo tan significativo como es el acontecimiento de su asombrosa conversión. Nos resulta contradictorio que una misma persona pueda pasar de ser el gran perseguidor de los cristianos, a ser el seguidor de Jesús hasta el punto de darlo todo por él, demostrándolo con la entrega de su vida y el anuncio de lo que ha descubierto al encontrarse con El y que le ha supuesto un cambio radical en su modo de actuar. Nos lo dice el mismo Pablo en sus escritos “pues no me avergüenzo del evangelio, que es una fuerza de Dios para todo el que cree” (Rm 1, 16) o aquel otro pasaje de la carta a los Corintios “predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el evangelio! (1 Cor. 9, 16) También este año la Iglesia nos lo presenta como referente en la Jornada Mundial de las Misiones, DOMUND, con el lema: “Como Pablo, misionero por vocación”.
El fue el misionero por excelencia, el hombre de fe y de talante apasionado que hizo del cristianismo una Buena Noticia. También cada uno de nosotros los cristianos, los que en un momento nos hemos encontrado con Jesús, si mantenemos diariamente este encuentro podremos decir con Pablo aquello de “ser otro Cristo” puesto a su disposición, siendo así esas manos y esa boca que El necesita hoy. No olvidemos que en nuestra sociedad actual, donde se nos presentan tantas posibilidades “magníficas” ciertamente, para vivir una vida espiritual en profundidad, lo que nos diferencia como cristianos es Jesús y su camino. Sólo con un conocimiento de Jesús que va más allá de la teoría, podremos ofrecer algo distinto, ser testigos de algo diferente, como lo fue Pablo; reconocer que en todo ser humano está la huella de Dios, hay semillas de Cristo, y sentir el vivo deseo de anunciar a todos lo que hemos experimentado, pudiendo decir como Pablo “he dado cumplimiento al Evangelio de Cristo; teniendo así, como punto de honra, no anunciar el Evangelio, sino allí donde el nombre de Cristo no era aún conocido” (Rm 15, 19-20) |