En junio de 1913, murió la M. Dolores Pérez. Su enfermedad duró muy pocos días en su aspecto agudo, si bien hacía mucho tiempo que su salud estaba muy quebrantada. El certificado facultativo calificó su defunción causada por anemia perniciosa.
Esta Madre fue en vida y en muerte una religiosa ejemplar, como correspondía al arrojo con que venció todos los obstáculos que se oponían a que abrazara la vida religiosa. Tenía sus padres y un hermano. Natural es que sintieran su separación siendo hija sola; pero es el caso, que, con el fin de asegurarla más, insistían tenazmente en que contrajera matrimonio.
Le consentían recibir la Sgda. Comunión; pero no confesarse, para lo cual se servía de medios propios de la época de los mártires. Por fin salió de su casa por la noche, y desde Pazos de Arenteiro hasta Orense, fue a pie y corriendo, y por el camino encontraba personas, que, tal vez con buena intención, se prestaban a acompañarla, viéndola sola a tales horas y por tales caminos. “Aunque corrían, nunca me alcanzaron”, decía ella admirada de la velocidad de su carrera, pues llegó a Orense antes que el tren.
Allí fue a hospedarse en la casa de un Sr. Sacerdote hermano de nuestro médico, Sr. Pascual Ortega; y de madrugada, llegaron también a la misma casa, su padre y su hermano. Estos se detuvieron a combinar su plan, precisamente debajo de la ventana de la habitación en que se hallaba M. Dolores, y así supo que tenían avisada a la Guardia Civil en dos estaciones. Don Juan Pascual Ortega, recibió a dichos señores en una sala del interior, entreteniéndolos lo suficiente, para que la chica, saliendo por una ventana, fuese a otra casa en compañía de la hermana del sacerdote, y de allí, en un coche particular, la llevaron a una estación bastante alejada y fuera de la vigilancia de los suyos. Aquí, llegó una mañana, derrotada, y con la fatiga consiguiente.
Era esta hermana además de abnegada y fervorosa, muy inteligente y de una habilidad extraordinaria para cualquier trabajo; cosa que admiraba tanto mas, cuanto su carácter era en apariencia apático, se hubiera dicho que era la pereza misma, si no se viera la presteza y el primor con que terminaba sus labores.
Yace en el cementerio de la Almudena: para ella se compró una sepultura bastante grande que después ha servido para varias. Su hermano, Don Felisardo Pérez, aquel que tanto la perseguía, le costeó una lápida de mármol. R.I.P.